jueves, 24 de abril de 2008

“Hasta para entrar al cielo hay que tener palancas”

Sobre "Cuando me Toque a Mí", de Víctor Arregui.

(artículo publicado en la revista EL BÚHO 24)

Hace unos días estaba chateando con un amigo que vive a tres cuadras de mi casa y me decía: loco, Quito es una ciudad castrante. No sé porqué se me vino ese recuerdo en una de las secuencias finales de la película “Cuando me toque a mí” de Víctor Arregui. No tengo muchos años en esta ciudad, apenas veinticuatro, pero cada vez que me enfrento a ella, muchas veces la encuentro de esa manera; castrante, impenetrable, inhóspita, mórbida y hasta a veces, insalvable. La película me deja sobre todo eso, una pregunta ¿en qué ciudad vivimos? No me remite a una respuesta inmediata o automática como un mensaje moralista de aquellos cineastas que siguen diseñando ideas prefabricadas; me siembra una pregunta, esa incógnita honesta y directa: porqué no reflexionar sobre este espacio, sobre este escenario donde vivimos.

Siempre estamos esperado que nos formulen una respuesta para quedarnos tranquilos, como dice el personaje de Manuel Calisto. La película entonces no pretende construir eso, sino que en su construcción gramática, descompone la realidad para hacerla más compleja, más incompresible al ojo mal entrenado del televidente, más dura, más humana. Quizás lo más extraño de la película es eso, esa edificación del mal-sabor, del sin-sabor que dejan los deseos no logrados, el desconsuelo de tener que conformarnos con ver desfilar a los muertos y llorarlos, para no enfrentarnos a los vivos, para no tener que confrontarnos al echo de poder enamorarnos de los vivos; y siempre recurrir a esa mediocre llamada matutina del ceno materno que nos dice, levántate mijito, levántate a seguir recibiendo a los cadáveres de la ciudad.

¡Díganse algo! ¡Háblense! Repite el personaje principal mientras el público se obliga a detener su risa frente a frialdad de las líneas, que las repite enérgico contemplando a sus pacientes helados en el anfiteatro. Solo el vodka y la pobre compañía del aprendiz de médico, consuelan al solitario profesional a sobrellevar su tristeza, su incomprensión consigo mismo, su doliente criticidad para con su entorno inmediato, y su desdichada enfermedad: la soledad.

Todo este murmullo de relaciones que nos plantea el film de Arregui y el texto de Noriega, no es más que un muestreo, como lo hace un biólogo en un cuadrante en la selva; para llevarnos a visualizar o percibir un tono, un estado de ánimo, finalmente un punto de vista sobre lo que es vivir en Quito. Que no gratuitamente, casi toda la película transcurre en el Centro Histórico, donde entre calle y calle, se tejen estos entrecruzamientos distantes. Lo más irónico es que esto tranquilamente podría suceder en el diario vivir de esta ciudad, porque a estas alturas del partido, Quito sigue siendo esa mama-cuchara donde todo el mundo se topa, se cruza, se conoce, se golpea, se tira, se muere.

Es así como podemos comenzar a pensar, ¿porqué hablar sobre Quito desde la morgue? Porqué no hablar de ella desde un parque o desde el “spot” de la diversión; sino ahí, donde los vivos callan, donde terminan sus historias, donde las narrativas no tienen más a donde ir, donde las anécdotas terminan, con suerte, congeladas en un refrigerador compartiendo su espacio con el trago de turno. La morgue como esa cocina donde se fabrican las grandes preguntas de la existencia, donde los miedos salen a flote hasta en el más acostumbrado a la putrefacción; donde la gente finalmente calla para empezar a escuchar al otro, al que perfora su tórax mientras le cuenta sus tristezas, sus más íntimos deseos, sus más ondas esperanzas.

 

Y sí. No creo que la película sea un tratado de la desesperación, aunque lo es. Finalmente vemos a un médico introspectivo, que comenta sobre el seno cálido de la amante con algo de desconcierto y morbo por salir de donde se encuentra, de esa maternidad eterna y castrante que gobierna a los personajes y que los encierra en un círculo de exacerbánte mediocridad. Me parece escuchar las palabras de Foucault, cuando comenta del León de circo, que aunque tiene las puertas abiertas, ya no puede salir de su cárcel. Así es el médico, confrontado con la realización de su deseo, en el momento mismo de poder concretar entablar una relación con una persona viva, no puede, no es capaz; apenas contempla el horizonte de la magnificencia del sexo, se limita, se pone la mano en el pecho y se culpa, para llorar como una beata que no puede regresar a la vida a sus parientes muertos.  

 

Al ver la película contemplo a un Quito que agacha la cabeza, que se pone la mano en el pecho, a una ciudad que no puede mirar a su pasado y decidir salir de esas enclaustradas tumbas y gritar: quiero algo distinto, no quiero morir como un personaje sin rumbo, no quiero desaparecer como un taxista en el bosque. Lo más curioso, por lo menos para mí, es que el tono político de la película no molesta; no son esos productos audio-visuales que pretenden decirlo todo en la primera escena, que derrochan el punto de vista como un filósofo idealista, que hablan como si dijeran la verdad, la última palabra sobre lo que nos sucede. Con suerte esta película sale de cuatro cuadras; para los que conocemos esta ciudad, el recorrido ficcional de los planos no abarcan más calles que las necesarias. Las paredes corroídas, los bares, los almuerzaderos, las veredas, las caras, los niños, los jóvenes, los indígenas, las bailarinas, los chongos de medio día. Todas son locaciones que podrían ser pensadas como un barrio, un barrio que sigue siendo Quito, esta “ciudad franciscana” que abarca mucho más de lo que se imagina y que vale la pena ser contada.

 

“Cuando me toque a mí” es quizás la enunciación de una espera; de cualquiera de esos personajes que al final del film, deambulan por las calles como “aguaitando” su fin. Pero también la narración despierta una rabia, un descontento necesario, una mirada adulta que apunta con el dedo a su ciudad, sin miedo; y que le dice: mírate, escúchate, así me suenas, a esto me sabes, a esto me recuerdas y a esto me has llevado. Hacer una película como esta entonces, no solo tiene que ver con llevar algo a la pantalla; tiene relación con un proceso que sale de las tripas, de las catacumbas de la conciencia, del día a día en un lugar repleto de experiencias y de potencialidades que posiblemente no deberían ser nunca castradas por el miedo o la inmadurez. Creo que esta película que hemos tenido el agrado de presenciar, puede o podrá ser recordada, como el primer retrato fílmico  de la Ciudad de Quito.

 

 

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