El individuo está en silencio, observa fijamente el espectáculo y aplaude, como cada vez que abre la boca y se nombra en todo lo que dice. Se está aplaudiendo por haberse portado bien, por haber echo silencio. El individuo está solo, plantado y firme frente a las luces, esperando que cambien de color y que vuelvan a quedarse quietas. Ese es el ritual que presencia y del que es parte, él también refleja esa fluctuación lumínica que brilla sobre su dermis como una noble capa de agua colorada. ¿Qué piensa el individuo, qué desea? ¿está satisfecho? ¿está pensando si es que está satisfecho? ¿cuándo deja de pensar? ¿cuándo deja de desear? ¿está en silencio? Seguro que lo está. Se lo ve calmo, como si estuviera decidido a hacer lo que está haciendo. Sentado, con las manos reposando tranquilamente en los brazos del sillón. ¿Siente el individuo el peso de su cuerpo? ¿Está satisfecho con su peso? ¿Es suficiente el sillón para acomodar un peso así sobre este? Quizás, todavía, el sillón puede soportar mucho más. Pero, ¿qué tan relajado está el individuo? Está manejando continuamente sus exaltaciones lumínicas, ¿el espectáculo maneja sus exaltaciones o él se exalta con el espectáculo? Mira, eso es seguro. Puede ver con certeza que las luces cambian y brillan en un tiempo similar, dentro y fuera de lo que observa. ¿Hay un dentro, hay un fuera? ¿dónde quiere estar el individuo? Pues claro, fuera. Que llegue a él la luz, como una débil forma que se expande por su piel y desaparece con el fin. Con el fin, aparece.
Y está dentro, se observa a sí mismo como un eco electrónico de su encanto; como un paria que busca infinitamente verse en la superficie de la imagen. Y ríe, si, es encantador como ríe o como abre la boca para gesticular un signo amable; casi es lo que se llamaría una llamada diplomática, una exaltación autorizada y pública. Ese gemidillo es una muestra de su satisfacción; pero me queda la duda, hay algo de tristeza en su pequeña saciedad, en su soledad intermitente. Ríe pero no deja de mirar, su mirada está sostenida por una tensión pornográfica: hábil, ágil, dulce y cegadora. No ve lo que mira, no ríe lo que ve, ríe lo que ausenta. ¿De quién se ríe el individuo? ¿A quién está dirigido este pequeño gemido tierno de su risa?
Pobre, observa las ratas que viven debajo de la casa de su perro, los gatos que se pudren en el tejado después de copular, las abejas asfixiadas en las fundas transparentes, las niñas con hoyuelos vírgenes en las mejillas, la sangre que brota de un dedo y un ratón que corretea desesperado detrás de la cocina, donde apenas puede ver como se mueven las sandalias de su verdugo, mientras se mueve el aparato y lo reciben con un contundente palazo en el mate.
Ahora su rostro se inunda de una luz inusual, algo ha recordado, es evidente. Se puede notar como su abdomen está contraído y casi simula una reacción de susto, al atemorizador sentimiento de ser atacado, asaltado por la espalda. Y se incorpora, si, gana altura también. Se olvida repentinamente de quien está alado suyo, se sumerge en sí como cayendo en un molusco que vuelve al mar, para darse cuenta lo insignificante que es el ruido y lo gigantesco que es el silencio. La señal traslúcida del proyector atraviesa el agua como un sol vigoroso y ligeramente pobre, perpetuamente incierto. El individuo se contempla en su plenitud, solo y desesperado, abierto como una espuma que se deshace entre los dientes de las algas y que mira como poco a poco va quedando menos de sí, menos de lo que cree haber sido. El recuerdo se desvanece y la pantalla se hunde en una vibración enorme, olas interminables de cuerpos putrefactos, hojas de un océano que observa su fin.
Mueve su cuerpo repentinamente, está aterrado. Toma la mano de quien cree amar, se siente solo. Busca un regalo en la respiración y encuentra asfixia, sabe que todo lo que vio es verdad; sabe que el símil astuto de su infancia no vendrá a rescatarlo de su tristeza. Sabe que es tortuoso saber, sabe que no podrá olvidar lo que ha visto.
Y cuando intenta olvidar se encuentra necio, y cuando mira a todos lados se ve encerrado en la libertad. ¡Mira qué me has hecho! Grita entre los dientes, ¡quiero volver a saltar cuerda! ¡quiero volver a sudar! Tensiona toda la espalda como un reo en la orca, observa las cabezas del pueblo que clama su muerte; ahora se siente todo el tiempo a punto de partir, a punto de hundirse definitivamente en lo que vio, y vivir la pesadilla de la eternidad, como un topo que navega devorando la carroña del vacío, intentando abrir los ojos o cerrarlos, para descubrir si hay una diferencia o si hay contraste en ese lugar.
Déjame, déjame olvidar; susurra en el pabellón de su amor. Hazme sentir que esto no ha pasado, que puedo seguir creyendo en ti y en nosotros, que podemos ser alguien juntos, que puedo conocerte y explorarte como una tierra firme y rica, que puedo conquistarte de verdad. Que puedes serme fiel y que puedo serte fiel, que podemos ver juntos esta imagen y permanecer inertes, seguros. Que podemos ser como esas fotos que tenemos, donde casi puede escucharse nuestra risa y donde nuestra respiración dibuja cosas fuera de los torpes significantes. Quiero creer que me escuchas, me puedo llegar con certeza a hablarte; y que no estoy solo con este dolor. Ya no quiero ver más esto, no tengo porqué hacerlo, imagino demasiadas cosas cuando me oigo hablar. Este ruido es causa de que mi sonido, se reproduce con mi misma boca, que cuando vuelve entra en mis cavidades como una copia exacta de lo que digo, y choca. Estalla en un continuo sonido amargo, donde lo único que puedo distinguir es que no eres tú, no estás ni apenas cerca de estar conmigo. Estoy tan lejos que para tenerte tengo que recordar tu olor y aunque ahora esté alado tuyo, no me escuchas, claro, nunca nos hemos visto con esa fijación, con ese silencio con el que ahora lo veo todo y presencio nuestro encuentro como un fantasma que apenas puede tocar las cosas y habla como una conversación que se escucha desde la otra esquina.
Mírenlo, se está incorporando. Tiene la boca llena de residuos y de materiales viscosos. Trata de gesticular algo en su cabeza mientras mueve la mandíbula para alivianar el espesor de la saliva. Tose, parece toser, es casi un estímulo inherente de levantarse. Se arropa con lo que encuentra y se refugia en lo que queda de música, solo nos queda algo de música para salir. Cierra los ojos con fuerza como quien se está despertando, alza los brazos e inhala para abrir su pecho y dejar entrar el aire, se queda estático unos tres segundos mientras sus ojos se llenan de unas lágrimas insaboras. Las limpia. Empieza a caminar de lado, parece que está aprendiendo a moverse con sus nuevas piernas anatómicas; todo él es una prótesis que no termina de desperezarse.
Abre. Cierra la puerta el individuo. Llega, toca besa y manosea. Se tiende recogido como una niña que abraza a su padre y como una madre que abraza a su hijo. No se encuentra. Quiere cerrar los ojos y no puede, quiere extender el beso y no se anima. Habla consigo mismo por horas, cae sumergido en esa muerte que teme. Por fin duerme.
