viernes, 2 de mayo de 2008

EL INDIVIDUO (E0¡````7)

El individuo está en silencio, observa fijamente el espectáculo y aplaude, como cada vez que abre la boca y se nombra en todo lo que dice. Se está aplaudiendo por haberse portado bien, por haber echo silencio. El individuo está solo, plantado y firme frente a las luces, esperando que cambien de color y que vuelvan a quedarse quietas. Ese es el ritual que presencia y del que es parte, él también refleja esa fluctuación lumínica que brilla sobre su dermis como una noble capa de agua colorada. ¿Qué piensa el individuo, qué desea? ¿está satisfecho? ¿está pensando si es que está satisfecho? ¿cuándo deja de pensar? ¿cuándo deja de desear? ¿está en silencio? Seguro que lo está. Se lo ve calmo, como si estuviera decidido a hacer lo que está haciendo. Sentado, con las manos reposando tranquilamente en los brazos del sillón. ¿Siente el individuo el peso de su cuerpo? ¿Está satisfecho con su peso? ¿Es suficiente el sillón para acomodar un peso así sobre este? Quizás, todavía, el sillón puede soportar mucho más. Pero, ¿qué tan relajado está el individuo? Está manejando continuamente sus exaltaciones lumínicas, ¿el espectáculo maneja sus exaltaciones o él se exalta con el espectáculo? Mira, eso es seguro. Puede ver con certeza que las luces cambian y brillan en un tiempo similar, dentro y fuera de lo que observa. ¿Hay un dentro, hay un fuera? ¿dónde quiere estar el individuo? Pues claro, fuera. Que llegue a él la luz, como una débil forma que se expande por su piel y desaparece con el fin. Con el fin, aparece. 

Y está dentro, se observa a sí mismo como un eco electrónico de su encanto; como un paria que busca infinitamente verse en la superficie de la imagen. Y ríe, si, es encantador como ríe o como abre la boca para gesticular un signo amable; casi es lo que se llamaría una llamada diplomática, una exaltación autorizada y pública. Ese gemidillo es una muestra de su satisfacción; pero me queda la duda, hay algo de tristeza en su pequeña saciedad, en su soledad intermitente. Ríe pero no deja de mirar, su mirada está sostenida por una tensión pornográfica: hábil, ágil, dulce y cegadora. No ve lo que mira, no ríe lo que ve, ríe lo que ausenta. ¿De quién se ríe el individuo? ¿A quién está dirigido este pequeño gemido tierno de su risa?

Pobre, observa las ratas que viven debajo de la casa de su perro, los gatos que se pudren en el tejado después de copular, las abejas asfixiadas en las fundas transparentes, las niñas con hoyuelos vírgenes en las mejillas, la sangre que brota de un dedo y un ratón que corretea desesperado detrás de la cocina, donde apenas puede ver como se mueven las sandalias de su verdugo, mientras se mueve el aparato y lo reciben con un contundente palazo en el mate.

Ahora su rostro se inunda de una luz inusual, algo ha recordado, es evidente. Se puede notar como su abdomen está contraído y casi simula una reacción de susto, al atemorizador sentimiento de ser atacado, asaltado por la espalda. Y se incorpora, si, gana altura también. Se olvida repentinamente de quien está alado suyo, se sumerge en sí como cayendo en un molusco que vuelve al mar, para darse cuenta lo insignificante que es el ruido y lo gigantesco que es el silencio. La señal traslúcida del proyector atraviesa el agua como un sol vigoroso y ligeramente pobre, perpetuamente incierto. El individuo se contempla en su plenitud, solo y desesperado, abierto como una espuma que se deshace entre los dientes de las algas y que mira como poco a poco va quedando menos de sí, menos de lo que cree haber sido. El recuerdo se desvanece y la pantalla se hunde en una vibración enorme, olas interminables de cuerpos putrefactos, hojas de un océano que observa su fin.

Mueve su cuerpo repentinamente, está aterrado. Toma la mano de quien cree amar, se siente solo. Busca un regalo en la respiración y encuentra asfixia, sabe que todo lo que vio es verdad; sabe que el símil astuto de su infancia no vendrá a rescatarlo de su tristeza. Sabe que es tortuoso saber, sabe que no podrá olvidar lo que ha visto.

Y cuando intenta olvidar se encuentra necio, y cuando mira a todos lados se ve encerrado en la libertad. ¡Mira qué me has hecho! Grita entre los dientes, ¡quiero volver a saltar cuerda! ¡quiero volver a sudar! Tensiona toda la espalda como un reo en la orca, observa las cabezas del pueblo que clama su muerte; ahora se siente todo el tiempo a punto de partir, a punto de hundirse definitivamente en lo que vio, y vivir la pesadilla de la eternidad, como un topo que navega devorando la carroña del vacío, intentando abrir los ojos o cerrarlos, para descubrir si hay una diferencia o si hay contraste en ese lugar. 

Déjame, déjame olvidar; susurra en el pabellón de su amor. Hazme sentir que esto no ha pasado, que puedo seguir creyendo en ti y en nosotros, que podemos ser alguien juntos, que puedo conocerte y explorarte como una tierra firme y rica, que puedo conquistarte de verdad. Que puedes serme fiel y que puedo serte fiel, que podemos ver juntos esta imagen y permanecer inertes, seguros. Que podemos ser como esas fotos que tenemos, donde casi puede escucharse nuestra risa y donde nuestra respiración dibuja cosas fuera de los torpes significantes. Quiero creer que me escuchas, me puedo llegar con certeza a hablarte; y que no estoy solo con este dolor. Ya no quiero ver más esto, no tengo porqué hacerlo, imagino demasiadas cosas cuando me oigo hablar. Este ruido es causa de que mi sonido, se reproduce con mi misma boca, que cuando vuelve entra en mis cavidades como una copia exacta de lo que digo, y choca. Estalla en un continuo sonido amargo, donde lo único que puedo distinguir es que no eres tú, no estás ni apenas cerca de estar conmigo. Estoy tan lejos que para tenerte tengo que recordar tu olor y aunque ahora esté alado tuyo, no me escuchas, claro, nunca nos hemos visto con esa fijación,  con ese silencio con el que ahora lo veo todo y presencio nuestro encuentro como un fantasma que apenas puede tocar las cosas y habla como una conversación que se escucha desde la otra esquina.       

Mírenlo, se está incorporando. Tiene la boca llena de residuos y de materiales viscosos. Trata de gesticular algo en su cabeza mientras mueve la mandíbula para alivianar el espesor de la saliva. Tose, parece toser, es casi un estímulo inherente de levantarse. Se arropa con lo que encuentra y se refugia en lo que queda de música, solo nos queda algo de música para salir. Cierra los ojos con fuerza como quien se está despertando, alza los brazos e inhala para abrir su pecho y dejar entrar el aire, se queda estático unos tres segundos mientras sus ojos se llenan de unas lágrimas insaboras. Las limpia. Empieza a caminar de lado, parece que está aprendiendo a moverse con sus nuevas piernas anatómicas; todo él es una prótesis que no termina de desperezarse. 

Abre. Cierra la puerta el individuo. Llega, toca besa y manosea. Se tiende recogido como una niña que abraza a su padre y como una madre que abraza a su hijo. No se encuentra. Quiere cerrar los ojos y no puede, quiere extender el beso y no se anima. Habla consigo mismo por horas, cae sumergido en esa muerte que teme. Por fin duerme. 

jueves, 24 de abril de 2008

“Hasta para entrar al cielo hay que tener palancas”

Sobre "Cuando me Toque a Mí", de Víctor Arregui.

(artículo publicado en la revista EL BÚHO 24)

Hace unos días estaba chateando con un amigo que vive a tres cuadras de mi casa y me decía: loco, Quito es una ciudad castrante. No sé porqué se me vino ese recuerdo en una de las secuencias finales de la película “Cuando me toque a mí” de Víctor Arregui. No tengo muchos años en esta ciudad, apenas veinticuatro, pero cada vez que me enfrento a ella, muchas veces la encuentro de esa manera; castrante, impenetrable, inhóspita, mórbida y hasta a veces, insalvable. La película me deja sobre todo eso, una pregunta ¿en qué ciudad vivimos? No me remite a una respuesta inmediata o automática como un mensaje moralista de aquellos cineastas que siguen diseñando ideas prefabricadas; me siembra una pregunta, esa incógnita honesta y directa: porqué no reflexionar sobre este espacio, sobre este escenario donde vivimos.

Siempre estamos esperado que nos formulen una respuesta para quedarnos tranquilos, como dice el personaje de Manuel Calisto. La película entonces no pretende construir eso, sino que en su construcción gramática, descompone la realidad para hacerla más compleja, más incompresible al ojo mal entrenado del televidente, más dura, más humana. Quizás lo más extraño de la película es eso, esa edificación del mal-sabor, del sin-sabor que dejan los deseos no logrados, el desconsuelo de tener que conformarnos con ver desfilar a los muertos y llorarlos, para no enfrentarnos a los vivos, para no tener que confrontarnos al echo de poder enamorarnos de los vivos; y siempre recurrir a esa mediocre llamada matutina del ceno materno que nos dice, levántate mijito, levántate a seguir recibiendo a los cadáveres de la ciudad.

¡Díganse algo! ¡Háblense! Repite el personaje principal mientras el público se obliga a detener su risa frente a frialdad de las líneas, que las repite enérgico contemplando a sus pacientes helados en el anfiteatro. Solo el vodka y la pobre compañía del aprendiz de médico, consuelan al solitario profesional a sobrellevar su tristeza, su incomprensión consigo mismo, su doliente criticidad para con su entorno inmediato, y su desdichada enfermedad: la soledad.

Todo este murmullo de relaciones que nos plantea el film de Arregui y el texto de Noriega, no es más que un muestreo, como lo hace un biólogo en un cuadrante en la selva; para llevarnos a visualizar o percibir un tono, un estado de ánimo, finalmente un punto de vista sobre lo que es vivir en Quito. Que no gratuitamente, casi toda la película transcurre en el Centro Histórico, donde entre calle y calle, se tejen estos entrecruzamientos distantes. Lo más irónico es que esto tranquilamente podría suceder en el diario vivir de esta ciudad, porque a estas alturas del partido, Quito sigue siendo esa mama-cuchara donde todo el mundo se topa, se cruza, se conoce, se golpea, se tira, se muere.

Es así como podemos comenzar a pensar, ¿porqué hablar sobre Quito desde la morgue? Porqué no hablar de ella desde un parque o desde el “spot” de la diversión; sino ahí, donde los vivos callan, donde terminan sus historias, donde las narrativas no tienen más a donde ir, donde las anécdotas terminan, con suerte, congeladas en un refrigerador compartiendo su espacio con el trago de turno. La morgue como esa cocina donde se fabrican las grandes preguntas de la existencia, donde los miedos salen a flote hasta en el más acostumbrado a la putrefacción; donde la gente finalmente calla para empezar a escuchar al otro, al que perfora su tórax mientras le cuenta sus tristezas, sus más íntimos deseos, sus más ondas esperanzas.

 

Y sí. No creo que la película sea un tratado de la desesperación, aunque lo es. Finalmente vemos a un médico introspectivo, que comenta sobre el seno cálido de la amante con algo de desconcierto y morbo por salir de donde se encuentra, de esa maternidad eterna y castrante que gobierna a los personajes y que los encierra en un círculo de exacerbánte mediocridad. Me parece escuchar las palabras de Foucault, cuando comenta del León de circo, que aunque tiene las puertas abiertas, ya no puede salir de su cárcel. Así es el médico, confrontado con la realización de su deseo, en el momento mismo de poder concretar entablar una relación con una persona viva, no puede, no es capaz; apenas contempla el horizonte de la magnificencia del sexo, se limita, se pone la mano en el pecho y se culpa, para llorar como una beata que no puede regresar a la vida a sus parientes muertos.  

 

Al ver la película contemplo a un Quito que agacha la cabeza, que se pone la mano en el pecho, a una ciudad que no puede mirar a su pasado y decidir salir de esas enclaustradas tumbas y gritar: quiero algo distinto, no quiero morir como un personaje sin rumbo, no quiero desaparecer como un taxista en el bosque. Lo más curioso, por lo menos para mí, es que el tono político de la película no molesta; no son esos productos audio-visuales que pretenden decirlo todo en la primera escena, que derrochan el punto de vista como un filósofo idealista, que hablan como si dijeran la verdad, la última palabra sobre lo que nos sucede. Con suerte esta película sale de cuatro cuadras; para los que conocemos esta ciudad, el recorrido ficcional de los planos no abarcan más calles que las necesarias. Las paredes corroídas, los bares, los almuerzaderos, las veredas, las caras, los niños, los jóvenes, los indígenas, las bailarinas, los chongos de medio día. Todas son locaciones que podrían ser pensadas como un barrio, un barrio que sigue siendo Quito, esta “ciudad franciscana” que abarca mucho más de lo que se imagina y que vale la pena ser contada.

 

“Cuando me toque a mí” es quizás la enunciación de una espera; de cualquiera de esos personajes que al final del film, deambulan por las calles como “aguaitando” su fin. Pero también la narración despierta una rabia, un descontento necesario, una mirada adulta que apunta con el dedo a su ciudad, sin miedo; y que le dice: mírate, escúchate, así me suenas, a esto me sabes, a esto me recuerdas y a esto me has llevado. Hacer una película como esta entonces, no solo tiene que ver con llevar algo a la pantalla; tiene relación con un proceso que sale de las tripas, de las catacumbas de la conciencia, del día a día en un lugar repleto de experiencias y de potencialidades que posiblemente no deberían ser nunca castradas por el miedo o la inmadurez. Creo que esta película que hemos tenido el agrado de presenciar, puede o podrá ser recordada, como el primer retrato fílmico  de la Ciudad de Quito.

 

 

lunes, 21 de abril de 2008

Al mirar hacia abajo.

A veces siento esa necesidad inevitable de buscar algo en la profundidad. Como si me sedujera esa gravedad inherente de la equivocación del pensamiento; o de la historia del pensamiento que sigue creciendo en mí como una raíz venenosa. La estrepitosa verticalidad de pensar me induce a torcer el pescuezo para pretender "ir más allá de las cosas", como si ellas no estuvieran ahí, como si no fuera suficiente contemplar la eficacia de la presencia, la facticidad que trasciende al mismo echo de nombrar al objeto. Y la trascendencia, porsupuesto, ya no es más la masa que contiene su propia historia, sino la historia del que encuentra en la masa su propia tristeza y anhelo de muerte. La profundidad, llegar al fondo, no sé porqué me recuerda todo esto a un tarro vacío de cereales; a una de esas cajas de sorpresas: sin sorpresas. A un "siga participando", o simplemente a un niño llorando por la frustación de la ausencia del juguete. El fondo, la designación del objeto es un barril sin fondo, una caja de conejos mágicos, un misil sin pólvora, una paja con exponencial al infinito. 

La "profundidad de la idea" y el "fondo" me recuerda de alguna manera a los trabajos de Richard Link Later, en sus animaciones. Todos los contextos cambiantes, todas la líneas móviles, todos los rostros borrosos, y curiosamente, todos los fondos difuminados al ritmo del drama, de lo que sucede dentro de las escenas. Al meter la mano en la imagen de RLL, nuestro brazo sale por el otro lado; como en un túnel de hilos, que pretende agarrar algo para nombrar o para desollar, pero se encuentra con su misma mano. 

La paradoja del fondo sería entonces el intentar fijar un contenido que nunca podrá establecerse como cierto. ¿Sería entonces tan necesario buscar una profundidad que devenga o que introdusca la variable del devenir? Un fondo que no intente encontrar, sino que pretenda buscar, cazar dudas en lugar de certezas. Ese sería el detonador del fondo, ponerle un reloj adentro; insertarle un corazón, volarlo en mil pedazos, para que su pedantería no regrese a reclamarnos en nombre de la verdad.

domingo, 20 de abril de 2008

Estar: cuando se mueve.

La paciencia, estar. Ver moverse todo como un acontecimiento inevitable, rotar esperando la naúsea volver a presipitarse en gas, en un refuerzo lento y predeterminado, cíclico, parsimonioso. Contemplar el movimiento giratorio de manera equivocada, desarrolladamente inútil, enferma; sentirse el centro del mundo como un príncipe que hereda el cáncer del compás, del navegar en círculos. Estar, seguir movilizando al otro tuyo que espera ser retomado, re-escogido de entre todos esos detestables despojos de tí.